La deglución es un acto involuntario, automático, que realizamos miles de veces al día tanto para alimentarnos, hidratarnos como para gestionar nuestras secreciones. Si todo funciona de manera correcta, no solemos percatarnos de la dificultad y la complejidad que entraña el acto de tragar. La deglución involucra diversas estructuras y se coordina con otras funciones, como pueda ser la respiración. Pero cuando algún eslabón de esa compleja cadena falla, los riesgos para la salud pueden ser muy elevados. Es entonces cuando hablamos de disfagia orofaríngea, término que refiere la dificultad o imposibilidad de llevar el alimento de la boca al estómago de manera eficaz y segura.

Las causas que dan lugar a una disfagia son múltiples, por lo que no es un trastorno ni una enfermedad en sí misma, sino un síntoma que aparece en diversas patologías, trastornos y/o enfermedades. Por ello, puede existir a cualquier edad, abarcando todo el ciclo de la vida.

Entre las posibles causas de una disfagia podemos encontrar: accidentes cerebrovasculares, traumatismos craneoencefálicos, enfermedades neurodegenerativas, enfermedades neuromusculares, etc.

Algunos de los signos de alarma en la disfagia orofaríngea son: sensación de atasco del alimento en la garganta, tos durante o después de la ingesta, rechazo a ciertos alimentos o consistencias,  regurgitación nasal, infecciones respiratorias recurrentes, dificultades en la gestión de los líquidos, atragantamientos frecuentes, pérdida de peso, etc.

Una valoración por parte de un equipo interdisciplinar es fundamental para el abordaje de las necesidades nutricionales, deglutorias, de orientación familiar y de mejora en la calidad de vida de la persona con disfagia.

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